10 de julio

Compartiendo esperanza

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15, RVR1960). El mensaje de Cristo resuena a través de los siglos, haciéndose eco de una llamada urgente a la acción: “Id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mat. 28:19, RVR1960).

Este mandato, pronunciado por Jesús antes de ascender al cielo, no es solo una invitación, sino una responsabilidad que recae sobre cada uno de nosotros, sus seguidores. El mundo que nos rodea clama por esperanza, amor y salvación. Millones de personas viven en la oscuridad, ignorantes de la luz del evangelio y de la alegría de una relación personal con Cristo. Depende de nosotros, que hemos sido alcanzados por la gracia divina, llevar este mensaje transformador a todos los rincones de la tierra.

La misión no se limita a predicar desde los púlpitos o a evangelizar en grandes eventos. Se manifiesta en cada gesto de amabilidad, en cada palabra de aliento, en cada acto de servicio a nuestro prójimo. Es a través de nuestro testimonio personal, de nuestra vida transformada por el poder del Espíritu Santo, que podemos impactar al mundo y llevar a otros a Cristo. La pregunta que debemos hacernos es: ¿Cómo estamos respondiendo al llamado misionero? ¿Estamos dispuestos a salir de nuestra zona de confort, a romper las barreras culturales y lingüísticas, a invertir tiempo, recursos y talentos en la obra de Dios? La misión no es una tarea fácil. Implica sacrificio, renuncia y, muchas veces, persecución.

Sin embargo, la recompensa es incomparable: la alegría de ver vidas transformadas por el poder del evangelio, la certeza de cumplir el propósito de Dios para nuestra vida y la promesa de una herencia eterna en el cielo. “Si el corazón de los hijos de Dios estuviese lleno de amor por Cristo; si cada miembro de la iglesia estuviese cabalmente imbuido de un espíritu de abnegación; si todos manifestasen cabal fervor, no faltarían fondos para las misiones. Nuestros recursos se multiplicarían; se abrirían mil puertas de utilidad, que nos invitarían a entrar por ellas” (Consejos Sobre la Obra de la Escuela Sabática, p. 154). Ahora reflexiona: ¿Cuál es nuestro papel en la misión de Dios? ¿Estamos dispuestos a ser misioneros en nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad y en todo el mundo, compartiendo la esperanza y el amor de Cristo con quienes más lo necesitan?

Conclusión:

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