“Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Juan 15:5).
Muchos de nosotros entendemos que la mayordomía cristiana va más
allá de los diezmos y las ofrendas, y que Dios es el verdadero dueño
de todo lo que tenemos. Sin embargo, trasladar esta comprensión a
la práctica diaria puede ser todo un reto. No somos meros empleados de Dios,
sino verdaderos socios en su proyecto de salvación. A diferencia de las alianzas
humanas, donde cada parte contribuye con algo de valor similar, Dios es quien
lo proporciona todo: habilidades, recursos e incluso la vida. Depende de nosotros aceptar el privilegio de este llamado.
En el mundo, las alianzas suelen basarse en intercambios entre iguales, buscando equilibrio: alguien invierte, otro ejecuta; uno aporta recursos, otro conocimiento. Con Dios, no tenemos nada propio que realmente contribuya. Nuestro
papel es aceptar su propuesta con humildad. Él nunca fuerza esta invitación. Un
ejemplo de ello lo encontramos en los grandes personajes bíblicos: Noé solo
pudo salvar a su familia porque caminó en comunión con Dios; Moisés liberó
a todo un pueblo porque aceptó confiar en el Señor; Daniel se convirtió en profeta dejándose guiar. Pero el mayor modelo de esta conexión es Jesús. Él demostró una vida de perfecta comunión con el Padre, diciendo: “El Padre y yo somos
uno” (Juan 10:30).
Esta unión es más que una simple colaboración; es una invitación a la intimidad. Somos llamados a aceptar, por fe, el honor de formar parte de la familia
de Dios, amigos y colaboradores del Creador. Pero debemos dar un paso más:
dejar que Dios transforme nuestros pensamientos, deseos y acciones para que
su voluntad se convierta en nuestra alegría. “Cuando conozcamos a Dios como
es nuestro privilegio conocerle, nuestra vida será una vida de continua obediencia. Si apreciamos el carácter de Cristo y tenemos comunión con Dios, el pecado
llegará a sernos odioso” (El Deseado de Todas las Gentes, p. 621).
Ahora reflexiona: ¿Estoy simplemente cumpliendo con deberes religiosos o
estoy aceptando el llamado de Dios a una alianza viva, real y transformadora en
cada aspecto de mi vida?