“El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón
quebrantado y arrepentido” (Salmo 51:17).
Sacrificio es una palabra comúnmente escuchada en las iglesias, a
menudo asociada con el dolor de renunciar a algo precioso. Pero bíblicamente, el sacrificio no es simplemente un acto de pérdida, sino de
entrega; es una expresión de reconocimiento a Dios por lo que él es y por lo que
nosotros somos ante él.
La historia de los hermanos Abel y Caín revela que Dios observa no solo lo
que ofrecemos, sino con qué espíritu lo hacemos (Heb. 11:4). Abel, obediente y
confiado, ofreció lo mejor; Caín, movido por el orgullo, se negó a seguir las instrucciones divinas. “El valor de la dádiva no se estima por el monto, sino por la
proporción que se da y por el motivo que impulsa al dador” (Los Hechos de los
Apóstoles, p. 275).
En el Edén, el primer sacrificio de animales señalaba la esperanza de la
redención: un inocente murió para cubrir la vergüenza del pecador, prefigurando
el sacrificio de Cristo (Gén. 3:21). La cruz es el cumplimiento de esta promesa:
Cristo, el Cordero, sufrió para restaurar nuestra comunión. El misionero David
Livingstone resume: “Nunca he hecho ningún sacrificio. No deberíamos hablar
de eso cuando recordamos el gran sacrificio realizado por aquel que dejó el trono
de su Padre en las alturas para entregarse por nosotros.”
El verdadero sacrificio cristiano no está en el dolor de dar, sino en el privilegio de devolver a Dios lo que ya es suyo, reconociéndolo como Redentor. Perder
no es realmente pérdida, sino liberación. El mayor sacrificio es entregarse a Dios,
muriendo cada día al pecado y naciendo a una vida de adoración (1 Cor. 15:31).
Vivir en sacrificio significa permitir que Dios guíe todos los aspectos de la
vida. Se trata de una elección diaria: entregarle nuestros planes, deseos y anhelos, encontrando identidad y renovación al aceptar ser morada de su Espíritu
(Efe. 3:17-19).
Que el sacrificio supremo de Cristo nos conduzca a una entrega
sincera, haciendo de nuestra vida una alabanza constante.
Ahora reflexiona: ¿Qué le he ofrecido a Dios? ¿Le he dado solo mis recursos
o también mi corazón?