“Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir
y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45).
L a vida cristiana es esencialmente un llamado al servicio. Jesús, nuestro
mayor ejemplo, hizo de toda su existencia un ministerio de dedicación al
prójimo. Más que una simple obligación o deber, servir es vivir en sintonía
con el corazón de Dios, respondiendo a su llamado a ser instrumentos de su gracia dondequiera que él nos envíe.
A menudo confundimos el ministerio con tareas o cargos que asumimos por
necesidad o tradición. Sin embargo, el verdadero ministerio nace de un llamado
personal, en que Dios nos capacita con dones específicos para cumplir la misión
que pone en nuestras manos. No importa el tiempo dedicado a una función, sino
la conciencia de estar sirviendo porque Dios nos lo ha ordenado, como colaboradores activos en su obra.
El Padre no solo nos llama, sino que también nos equipa. Los dones del
Espíritu se conceden a cada persona según su voluntad, en beneficio de toda la
comunidad. Descubrir y desarrollar estos dones forma parte del proceso de conocer nuestro propósito y experimentar el privilegio de formar parte del plan divino.
Cuando actuamos dentro de los dones que recibimos, el servicio se convierte en
fuente de alegría y crecimiento, porque somos canales vivos del amor de Dios.
Por encima de todo, Jesús prometió su presencia a cada paso: “Estoy con
ustedes siempre” (Mat. 28:20, NTV). La conciencia de esta compañía transforma
incluso las tareas más sencillas en adoración. El secreto de un ministerio fructífero reside en vivir en la presencia de Cristo, permitiendo que su gracia alcance a
otros a través de nuestras acciones.
Al servir, recordemos siempre: “Cuando sus discípulos estén relacionados
con él, y cuando estén en posesión de los dones del Espíritu, aún el más pobre
e ignorante de entre ellos tendrá poder para impresionar los corazones. Dios los
convierte en canales por intermedio del cual actúa la más elevada influencia del
universo” (Recibiréis Poder, p. 309).
Ahora reflexiona: ¿Estoy dispuesto a asociarme con Jesús, permitiendo que mi
vida sea un instrumento de su amor y gracia en el mundo? Que no seamos meros
espectadores, sino participantes activos del ministerio que transforma vidas.