“Dile al pueblo de Israel que me traiga sus ofrendas sagradas. Acepta las contribuciones de
todos los que tengan el corazón dispuesto a ofrendar” (Éxodo 25:2, NTV).
¿Alguna vez te has sentido obligado a devolver el diezmo o la ofrenda, aunque no quisieras? A veces nuestra motivación para contribuir procede de
sentimientos equivocados, como la culpa, el reconocimiento o las expectativas humanas. Sin embargo, la verdadera experiencia cristiana va más allá de
estas razones superficiales; nace de una profunda relación de adoración, basada
en la salvación proporcionada por Jesús.
Cuando comprendemos el sacrificio de Cristo en la cruz, la motivación para
donar surge naturalmente de un corazón tocado por su amor. Solo a partir de
esa experiencia de gracia y gratitud es que el acto de ofrendar comienza a tener
sentido en nuestra vida espiritual. “Dios no obliga a los hombres a dar. Todo lo
que ellos dan debe ser voluntario. Él no quiere que afluyan a su tesorería ofrendas que no se presenten con buena voluntad” (Consejos sobre Mayordomía
Cristiana, p. 74).
El contenido y la consecuencia de la salvación son preciosos: cuando aceptamos a Cristo, recibimos su Espíritu, su justicia y somos hechos nuevas criaturas
(2 Cor. 5:17). La gracia transforma el corazón, y el resultado práctico es un auténtico discipulado, una vida de obediencia y entrega voluntaria. El Evangelio, la
buena nueva del reino, no es una simple exigencia; es una invitación a una vida
nueva que resulta de la gracia de Dios.
No podemos seguir siendo los mismos cuando Cristo habita en nosotros;
inevitablemente viviremos con generosidad y alegría, reconociendo que todo le
pertenece. Es esta gracia la que nos libera de todo sentido de obligación, sustituyéndolo por una respuesta espontánea y llena de alegría.
Cada día, se nos invita a reafirmar esta relación, aceptando el don de Dios y
dejando que su Espíritu nos conduzca, incluso ante las luchas. De este modo, la
obediencia deja de ser una carga y se convierte en una alegría.
Ahora reflexiona: ¿Devuelvo mis recursos al Señor por obligación o como
expresión de un corazón renovado por su amor?