“Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín
del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15).
Al contemplar la majestuosa inmensidad del cielo estrellado, la intrincada y delicada red de la vida en un ecosistema, la vibrante belleza de
una sola flor silvestre o el concierto matutino de los pájaros, somos confrontados con la inconfundible firma del Artista Divino. Este mundo extraordinario no es fruto de la casualidad, sino una galería viviente que expresa el amor
infinito, el poder creador y la sabiduría insondable de Dios. Desde el principio, él
nos confió este planeta no como propietarios con libertad ilimitada, sino como
celosos cuidadores, jardineros investidos con la sagrada tarea de cultivar, desarrollar y proteger activamente su maravillosa creación.
Por desgracia, la mancha del pecado distorsionó profundamente esta relación primordial. Con demasiada facilidad, olvidamos nuestra condición de meros
administradores, mayordomos que un día rendirán cuentas detalladas al verdadero y único dueño de todas las cosas. Así pues, cuidar de la creación va más
allá de una preocupación ecológica o social; es, en esencia, una cuestión espiritual. Es un acto de auténtica adoración, un reconocimiento práctico de la soberanía de Dios y una demostración tangible de nuestro amor y gratitud por sus
innumerables bendiciones.
Recuperar esta responsabilidad fundamental requiere una conversión del
corazón y de la mente. Necesitamos urgentemente redescubrir y abrazar el propósito original para el que fuimos colocados en este planeta. Como nos recuerda
tiernamente Elena de White, “Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y
se deleiten en la sencilla y tranquila hermosura con que él ha adornado nuestra morada terrenal” (El Camino a Cristo, p. 84). Aunque no podemos resolver
por nuestra cuenta los complejos desafíos ambientales globales, podemos y
debemos ser fieles en la porción específica de la creación que Dios ha puesto
a nuestro cuidado directo: nuestro hogar, nuestra comunidad, nuestra esfera
de influencia.
Ahora reflexiona: ¿Hemos actuado como celosos guardianes de la tierra,
reflejando el carácter amoroso, cuidadoso y proveedor de nuestro Dios? ¿Somos
un testimonio vivo de su amor redentor que alcanza a toda la creación?