“Traigan íntegro el diezmo a la tesorería del Templo [...]. Pruébenme en esto —dice el Señor de los Ejércitos—, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedesbendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).
Hay momentos en los que todo parece estar bajo control. Las facturas
pagadas, la salud estable, las relaciones en paz. Es fácil sentir que la
ecuación de la vida está equilibrada. Pero ¿qué ocurre cuando los números no cuadran? ¿Cuándo el sueldo no cubre los gastos, la salud se derrumba y
los planes se vienen abajo? Parece imposible imaginar que 90 puedan ser más
que 100.
Dios, sin embargo, no se limita a nuestra lógica matemática. Él es el Dios de
lo imposible, que convierte la escasez en abundancia y las tormentas en testimonios. Cuando todo escapa a nuestro control, es cuando su gracia se manifiesta
con más poder.
En la Biblia encontramos historias que desafían nuestra razón: la viuda de
Sarepta que, al compartir su última comida con el profeta Elías, vio que no se le
acababa la harina ni el aceite (1 Rey. 17); los cinco panes y los dos peces que
alimentaron a más de cinco mil personas (Mat. 14). En cada uno de estos relatos, vemos el poder de Dios transformando lo poco en mucho, la nada en algo,
lo imposible en posible.
Cuando ponemos a Dios en la ecuación, todo cambia. La lógica humana se
doblega ante la fe. Y se revela la verdad divina: menos con Dios es más que suficiente. Con él, la escasez se convierte en provisión y la limitación humana deja
paso a lo sobrenatural.
La invitación del Señor en Malaquías 3:10 no es una exigencia, sino una oportunidad. Dice: “Pruébenme en esto”. Es un llamado a la confianza, a la entrega, a
la fe que se atreve a creer que, con él, 90 pueden ser más que 100. “Cuando nos
vemos en estrecheces, debemos confiar en Dios. En todo trance debemos buscar
ayuda en aquel que tiene recursos infinitos” (El Ministerio de Curación, p. 31).
Cuando confiamos en él de todo corazón, experimentamos la dulce seguridad de
saber que estamos en manos de un Padre que nunca falla.
Ahora reflexiona: ¿Dónde está nuestra confianza? ¿En los números que vemos
o en el Dios que todo lo puede? Que tengamos la fe suficiente para ponerlo en
el centro de todas nuestras ecuaciones. Con Dios, lo imposible se hace realidad.