“Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios,
aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos”
(Efesios 5:15, 16).
Vivir consiste en administrar el tiempo que Dios nos concede. Cada día,
tomamos decisiones sobre cómo ocupar las horas disponibles. Algunos
sienten que el tiempo se les escapa de las manos, otros consiguen organizarlo con más propósito. No es la cantidad de tiempo lo que marca la diferencia, sino la prioridad que damos a Dios en nuestra rutina.
El tiempo es el recurso más democrático: todos reciben 24 horas al día. Sin
embargo, la forma en que lo utilizamos revela nuestros verdaderos valores y
motivaciones. Dios, como Creador, quiere participar activamente en cada minuto
de nuestro tiempo. “Cuando la obra del Espíritu de Dios se sienta en el corazón,
veremos a muchos buscar fervientemente ante todo el reino de Dios y su justicia”
(Consejos sobre la Obra de la Escuela Sabática, p. 73).
El sábado es un regalo especial de Dios para recordar que él es el Señor del
tiempo. Reservar un día para adorar, dar gracias y descansar nos ayuda a situar
al Creador en el centro de nuestra existencia. Este tiempo sagrado reordena las
prioridades y refuerza la fe, los lazos familiares y la comunión con los demás.
Además del sábado, dedicar cada día un tiempo especial al Señor transforma
nuestra jornada espiritual. Ya sea por la mañana, por la tarde o por la noche, lo
importante es entregar a Dios nuestras mejores horas, escuchar su voz y buscar
dirección para cada decisión.
Buscar el equilibrio es esencial. Cuando nos centramos solo en un área, otras
pueden ser ignoradas. Dios nos invita a confiar en él, e integrar nuestros propósitos, agendas y sueños con su voluntad. En oración, podemos pedirle que nos
ayude a reconocer lo que debemos ajustar en nuestros horarios y prioridades. El
Señor desea que cada aspecto de nuestra rutina refleje su gracia y dirección. El uso
consciente e intencionado de cada momento revela madurez, sabiduría y gratitud.
El tiempo perdido no se puede recuperar, pero cada nuevo día es una oportunidad para empezar de nuevo. Ofrezca cada tarea al Señor y permita que él transforme cada actividad en alabanza y adoración.
Ahora reflexionemos: ¿Cómo hemos aprovechado el tiempo que Dios nos ha
dado? Entreguemos cada minuto a él y dejemos que nuestra vida esté marcada
por la presencia del Señor en cada momento.