“Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14).
Dios sueña con ver a sus hijos viviendo en verdadera comunión, donde el
amor sea la base de toda relación. Su plan va más allá de asistir a una
iglesia o cumplir con ceremonias religiosas. El propósito divino es que,
en Cristo, cada persona sea integrada en una gran familia espiritual, experimentando la unidad y la armonía incluso en la diversidad de dones, historias y personalidades. Somos llamados a reflejar este amor en el hogar, en la comunidad de
fe y en el mundo, viviendo como expresión viva de la gracia del Señor.
Esta unidad, sin embargo, no es algo que alcancemos por nuestro propio
esfuerzo, sino una realidad concedida por Cristo. En Jesús, recibimos una nueva
identidad y, al aceptarlo, pasamos a formar parte de la “familia de Dios”, en la
que todos tienen valor y papel importante. No es posible amar verdaderamente
a Dios y vivir aislado, porque el amor se revela en las relaciones. Dios desea restaurar nuestra manera de ver y tratar al otro, sustituyendo la indiferencia por la
aceptación y la crítica por la compasión.
En la rutina, es fácil ceder al individualismo, levantando muros por miedo u
orgullo. Pero Jesús nos desafía a derribar barreras y construir puentes: amistades
verdaderas, respeto mutuo, disposición para escuchar, servir y perdonar, independientemente de las diferencias. En la cruz, Cristo reveló el valor de cada ser
humano. Por eso se nos invita cada día a ver a todos como él los ve.
Elena de White nos instruye: “De este modo Cristo les enseñó que debían
ayudarse unos a otros. En vez de buscar el lugar más alto para sí mismo, cada
uno debe estar dispuesto a servir a sus hermanos. El Salvador vino al mundo
para trabajar por los demás. Vivió para ayudar y salvar a los que estaban en necesidad y en pecado. Desea que nosotros hagamos lo mismo. Los discípulos se
sentían ahora avergonzados de sus celos y egoísmo y sus corazones se llenaron
de amor por su Señor y por los demás. Ahora podían prestar oído a la enseñanza
de Cristo” (La Única Esperanza, p. 89). Siguiendo su ejemplo, nos convertimos en
instrumentos del sueño de Dios de transformar las relaciones.
Ahora reflexiona: ¿Estamos dispuestos a vivir este sueño divino en
nuestras relaciones?
Conclusión:
oNo trabajamos solos por la salvación de las personas. Jesús mismo intercede.
oPor eso podemos evangelizar con esperanza y no con ansiedad.
Tarea sugerida para hoy:
Elige una promesa bíblica relacionada con la salvación, la oración o la dirección de Dios.
Luego coloca delante del Señor los nombres de las personas por quienes estás orando y reclama esa promesa por ellas.
Durante el día repite: “Señor, confío en que estás obrando aun cuando todavía no puedo verlo”.
Ora por nombres. Cree en las promesas. Confía en Dios.