30 de octubre

La verdadera riqueza

“A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios” (1 Timoteo 6:17).

Desde Haití, considerado uno de los países más pobres del mundo, nos llega la conmovedora historia de Edmund. Su iglesia organizaba un festival de Acción de Gracias, y se invitó a cada miembro a llevar una ofrenda de amor. Aunque no estuvo presente, Edmund envió su ofrenda: 13 dólares, el equivalente a tres meses de sueldo en Haití. Cuando recibió la visita de un misionero, se supo que Edmund había vendido su caballo para conseguir el dinero. Cuando le preguntaron por qué no había ido al festival, respondió en voz baja: “No tenía una camisa para vestir.”

Edmund comprendía profundamente que todo pertenece a Dios, como afirma el Salmo 24:1. Su entrega no era solo material, sino de corazón, de vida, de fe. La mayordomía cristiana no consiste solo en devolver los diezmos y las ofrendas, sino en vivir una vida que reconoce a Dios como dueño de todo. El testimonio de Edmund se repite en otras historias, como la de Meropi Gjika, una mujer albanesa que, con una pensión de apenas cuatro dólares al mes, guardó fielmente su diezmo hasta que pudo devolverlo y ser bautizada después de esperar casi 50 años.

Vivimos en una cultura que valora la acumulación. Desde pequeños aprendemos a decir “mío”, incluso sobre cosas que no nos pertenecen. Pero Jesús nos enseñó algo diferente: “La vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes” (Luc. 12:15). Y, como observó Elena de White, “La riqueza acumulada no solo es inútil, sino que también es una maldición. En esta vida es una trampa para el alma porque aleja los afectos del tesoro celestial” (Consejos Sobre Mayordomía Cristiana, p. 163). Cuando ponemos nuestra esperanza en las posesiones, perdemos de vista lo que realmente importa. El apóstol Pablo aconseja: “sean ricos en buenas obras, generosos y dispuestos a compartir lo que tienen” (1 Tim. 6:18).

Ahora reflexiona: ¿Qué motivó la entrega total de Edmund y Meropi Gjika? ¿Qué tal renovar nuestro compromiso con Dios y dejar que nos enseñe a vivir con gratitud, generosidad y satisfacción, reconociendo que la verdadera riqueza reside en ser enteramente suyos?

Conclusión:

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